Nunca había sido tan fácil conocer personas y nunca había sido tan difícil construir un vínculo.
Hay una imagen que lleva años acompañándome.
Estoy convencida de que nunca me habría fijado en Adrien Brody si lo único que hubiera visto de él hubiera sido una fotografía en una aplicación para buscar pareja. Probablemente habría hecho lo mismo que hacemos todos: mirar la imagen durante unos segundos y seguir adelante. Sin embargo, un día vi El pianista y ocurrió algo curioso. A medida que avanzaba la película, aquel hombre empezó a parecerme cada vez más atractivo. No porque hubiera cambiado físicamente, sino porque empecé a descubrir su sensibilidad, su inteligencia, su capacidad para resistir, su forma de mirar y de sentir.
Cuando terminó la película pensé una cosa que todavía hoy sigue rondándome la cabeza: qué suerte tuve de no haber tenido que decidir si quería conocerle viendo únicamente una fotografía.
Y, casi sin darme cuenta, aquella reflexión terminó convirtiéndose en una de las preguntas que más me hago cuando pienso en las relaciones.
¿Cuántas personas estaremos descartando cada día simplemente porque una imagen no consigue reflejar quiénes son realmente?
La sociedad nos está enseñando una nueva forma de elegir pareja
Creo que llevamos demasiado tiempo haciéndonos la pregunta equivocada. Decimos que encontrar pareja es cada vez más difícil, pero nunca antes había sido tan fácil conocer personas. Tenemos aplicaciones capaces de presentarnos cientos de perfiles en pocos minutos, podemos hablar con alguien que vive al otro lado del país y conocer personas que, hace apenas unas décadas, jamás se habrían cruzado en nuestro camino.
Lo que creo que está cambiando es algo mucho más profundo.
La sociedad ya no solo nos facilita conocer personas; también nos está enseñando cómo debemos elegirlas. Y cuando una sociedad cambia la forma en la que elegimos, termina cambiando también el tipo de relaciones que construimos.
Antes descubríamos a las personas; ahora empezamos por su imagen
Durante la mayor parte de nuestra historia las personas se enamoraban compartiendo espacios. En el trabajo, en la universidad, en el grupo de amigos, en el barrio o durante unas vacaciones. Antes de plantearnos una relación habíamos visto a esa persona desenvolverse en distintos momentos de su vida. Sabíamos cómo trataba a los demás, cómo reaccionaba cuando algo salía mal, cómo era con sus amigos o qué sentido del humor tenía. Sin darnos cuenta, íbamos construyendo una imagen mucho más completa de quién era.
Por eso tantas personas recuerdan haber dicho alguna vez:
«Al principio no me gustaba especialmente, pero cuanto más la conocía, más me enamoraba.»
Hoy ese proceso ocurre cada vez menos.
No porque hayamos dejado de enamorarnos, sino porque hemos cambiado el orden del encuentro.
Ahora la primera impresión suele producirse antes de que exista cualquier experiencia compartida. La decisión de conocer o no a una persona nace muchas veces de una única fotografía.
Puede parecer un cambio pequeño, pero psicológicamente lo cambia todo.
El efecto halo: cuando una fotografía decide por nosotros
Las aplicaciones han convertido el inicio de una relación en un proceso de selección. Lo primero que hacemos no es descubrir a una persona, sino valorar si su fotografía despierta suficiente interés como para concederle unos minutos de nuestra atención. En cuestión de segundos decidimos si seguimos adelante o si esa persona desaparece para siempre de nuestra vida.
Y ahí entra en juego un mecanismo psicológico muy conocido: el efecto halo.
Nuestro cerebro tiende a atribuir cualidades positivas a las personas que nos resultan físicamente atractivas. Si alguien nos parece guapo, tendemos a imaginar que también será más interesante, más inteligente, más amable o más seguro de sí mismo. Es un atajo mental que utilizamos todos.
Las aplicaciones no han inventado el efecto halo.
Lo que han hecho es construir todo el proceso de selección alrededor de él.
Y creo que ahí empieza el problema.
Porque una fotografía puede despertar curiosidad, pero no puede mostrar cómo escucha una persona, cómo trata a quien piensa diferente, cómo gestiona un conflicto, cómo quiere o cómo cuida. Todo eso es precisamente lo que sostiene una relación cuando desaparece la ilusión de los primeros días.
El amor no es un catálogo
Estamos aprendiendo a elegir a las personas por aquello que menos información nos ofrece sobre ellas. Hemos convertido el amor en un gran catálogo. Todos intentamos mostrar nuestra mejor fotografía, nuestro mejor viaje, la sonrisa más favorecedora o la frase más ingeniosa. Aprendemos a convertirnos en perfiles para ser elegidos y, al mismo tiempo, aprendemos a elegir a los demás exactamente del mismo modo.
Pero las personas no somos una fotografía. Ni una descripción de dos líneas. Ni un perfil perfectamente diseñado para resultar atractivo. Somos mucho más complejos que eso y, probablemente, mucho más interesantes.
Creo que el gran cambio de nuestra época no es que existan aplicaciones para conocer gente. El verdadero cambio es que estamos aprendiendo una forma nueva de seleccionar pareja. Una forma que da prioridad a aquello que menos información nos ofrece sobre una persona: su imagen.
Quizá por eso cada vez resulta más fácil conocer personas y, al mismo tiempo, más difícil construir relaciones profundas.
Desde que vi El pianista sigo haciéndome la misma pregunta.
¿Cuántos «Adrien Brody» estaremos dejando pasar simplemente porque ya no estamos aprendiendo a conocer a las personas de la manera adecuada?
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Este artículo desarrolla una de las reflexiones compartidas en mi sección Escuela de Parejas de Onda Madrid. Si prefieres escuchar la conversación completa, puedes verla a continuación.




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