A Lola todavía se le llenaban los ojos de lágrimas cuando lo recordaba, a pesar del tiempo que había pasado.
—Aquella mañana me dio un beso antes de salir de casa y me dijo: «Esta noche hablamos de lo del domingo, cariño».
Mientras me lo contaba sonrió ligeramente. Sabía perfectamente a qué se refería. Tenían una comida familiar a la que a ella no le apetecía demasiado ir y todavía no habían llegado a ningún acuerdo. «Seguro que al final habríamos negociado», me dijo. Ella iría a la comida y, a cambio, el fin de semana siguiente intentarían ver aquella obra de teatro que llevaba semanas queriendo ver. Incluso había pensado proponerle cenar después en un restaurante nuevo de Madrid.
Era una conversación pendiente sin ninguna importancia. Una de esas pequeñas negociaciones que hacemos continuamente cuando compartimos la vida con alguien y que damos por hecho que podremos retomar esa noche, mañana o el fin de semana siguiente.
Lola se fue a trabajar.
A media mañana una compañera se acercó a su mesa con el teléfono en la mano. Antes de entregárselo tapó el auricular y le dijo en voz baja:
—Es del hospital.
«Sentí un frío tremendo antes incluso de coger el teléfono», me contó.
Su marido había sufrido un infarto. Habían intentado reanimarlo, pero no habían podido hacer nada.
De las horas siguientes recordaba pocas cosas con claridad. Sin embargo, había un pensamiento aparentemente absurdo que volvía una y otra vez: «Pero si esta noche teníamos que hablar de la comida del domingo».
Y quizá esa frase explique mejor que muchas teorías lo que ocurre cuando perdemos de repente a la persona que amamos. Unas horas antes estamos negociando una comida familiar, organizando el próximo fin de semana, pensando dónde iremos de vacaciones o acordándonos de que hay que llamar al fontanero. Vivimos dentro de una continuidad que ni siquiera cuestionamos y, de pronto, no desaparece solamente nuestra pareja. Desaparece también toda la vida que dábamos por hecho que todavía íbamos a vivir juntos.
Cuando la realidad cambia antes de que podamos comprenderla
Cuando una persona muere después de una enfermedad grave, el sufrimiento puede ser inmenso, pero durante ese proceso algo de nuestra realidad ha ido cambiando. Hemos tenido miedo, hemos mantenido la esperanza, quizá hemos hablado de la posibilidad de perderla o quizá nos hemos negado incluso a nombrarla, pero la enfermedad ha ido introduciendo progresivamente esa amenaza dentro de nuestra vida.
En una muerte repentina no existe ese tiempo. Ayer estabas haciendo planes con alguien y hoy tienes que empezar a comprender que ese alguien ya no está.
Por eso durante los primeros días pueden ocurrir cosas que desconciertan mucho. Sabemos perfectamente que nuestra pareja ha muerto y, sin embargo, podemos coger el teléfono casi automáticamente para contarle algo, escuchar un ruido y durante una fracción de segundo pensar que acaba de llegar o despertarnos por la mañana necesitando unos segundos para recordar lo ocurrido.
A Lola le pasaba en el supermercado. Seguía comprando determinadas cosas que solo comía él y se daba cuenta cuando llegaba a casa. Entonces se enfadaba consigo misma. «¿Pero cómo puedo haber vuelto a hacerlo?», me preguntaba.
¿Cómo no iba a hacerlo? Había comprado para dos durante años. Su cabeza podía saber perfectamente lo sucedido, pero buena parte de su vida cotidiana continuaba organizada alrededor de una persona que había desaparecido de ella en unas pocas horas.
No era incapacidad para asumir la realidad. Era que la realidad había cambiado mucho más deprisa de lo que su vida emocional podía reorganizarse.
No perdemos solamente a la persona que amamos
Con el tiempo, Lola empezó a darse cuenta de que echaba de menos cosas muy diferentes. Echaba de menos hablar con su marido, dormir a su lado o contarle cómo le había ido el día, pero también echaba de menos quién era ella cuando él estaba.
Una relación de muchos años no elimina nuestra individualidad, pero inevitablemente va construyendo una parte de nuestra vida en plural. Tenemos rutinas, amigos, responsabilidades, lugares, decisiones, códigos que nadie más entiende, formas de celebrar, de viajar o simplemente de pasar un domingo cualquiera. Seguimos siendo «yo», pero también vamos construyendo un «nosotros» que termina formando parte de nuestra identidad.
Cuando uno de los dos muere, el otro no tiene solamente que acostumbrarse a su ausencia. Tiene que volver a descubrir cómo se organiza una vida que durante años había sido construida entre dos.
Y existe además otra pérdida que a veces resulta difícil de explicar porque todavía no había sucedido.
Lola y su marido hablaban desde hacía tiempo de hacer un viaje cuando consiguieran disponer de varias semanas libres. No tenían billetes ni fechas. Era simplemente uno de esos proyectos que las parejas colocan en el horizonte y que dan por hecho que algún día realizarán.
Durante mucho tiempo a ella le resultó insoportable incluso escuchar el nombre de aquel lugar. No estaba recordando algo que hubiera vivido con él; estaba recordando algo que ya nunca viviría con él.
También hacemos duelo por el futuro.
Por eso algunas fechas o acontecimientos pueden devolver una tristeza muy intensa mucho tiempo después: la boda de un hijo, el nacimiento de un nieto, la jubilación, una Navidad, entrar casualmente en un restaurante al que probablemente habríamos ido juntos. No estamos echando de menos únicamente a quien murió. Estamos encontrándonos con una escena de nuestra vida en la que esa persona debería haber estado.
Cuando nuestra cabeza intenta cambiar el último día
Después apareció la culpa.
No fue inmediata. Durante las primeras semanas Lola estaba demasiado ocupada intentando comprender qué había sucedido, resolviendo gestiones, recibiendo gente y consiguiendo simplemente llegar al final de cada día.
La culpa apareció más tarde.
Empezó a reconstruir las semanas anteriores buscando señales. Un día él había dicho que estaba especialmente cansado. Otro había comentado que sentía una molestia. Quizá tendrían que haber ido al médico. Quizá ella debería haber insistido. Quizá aquello significaba algo que ninguno de los dos supo ver.
Nuestra mente tiene una enorme capacidad para reconstruir el pasado cuando ya conoce el desenlace. Miramos cada detalle desde una información que entonces no teníamos y empezamos a imaginar pequeñas decisiones capaces de conducirnos a un final diferente.
También podemos quedarnos atrapados en la última conversación. Si discutimos aquella mañana, desearíamos no haberlo hecho. Si salimos con prisa, nos reprochamos no haber dado un beso. Si no dijimos «te quiero», podemos convertir esas dos palabras que no pronunciamos en una deuda imposible de pagar.
Pero una relación de veinte años no puede quedar definida por lo que ocurrió durante sus últimas horas.
Hay una diferencia importante entre necesitar comprender qué pasó y permanecer negociando mentalmente con lo irreversible. Podemos necesitar respuestas y probablemente necesitaremos hablar muchas veces sobre lo sucedido, pero llega un momento en que tendremos que enfrentarnos a una frontera especialmente dolorosa: aceptar que no todo dependía de nosotros y que saber hoy cómo terminó la historia no significa que hubiéramos podido conocer entonces su final.
El dolor necesita tiempo, pero también un lugar donde poder existir
Cuando Lola llegó a mi consulta quería saber cómo se superaba aquello. En realidad, quería saber cómo podía dejar de sentir un dolor que algunos días le parecía insoportable.
Y hay una respuesta que puede resultar difícil de escuchar cuando estamos sufriendo: determinados dolores no pueden desaparecer inmediatamente.
Hay que atravesarlos.
Al principio pueden ocupar prácticamente todo y después, progresivamente, van perdiendo intensidad. No porque queramos menos a quien ha muerto, sino porque nuestra mente va consiguiendo integrar una realidad que al principio parecía imposible de aceptar.
No creo que el objetivo deba ser intentar eliminar cuanto antes todo lo que sentimos. Puede haber momentos en los que sea necesario tratar un insomnio severo, una ansiedad muy intensa u otros síntomas, y corresponde a los profesionales sanitarios valorar cuándo una medicación puede ayudar. Pero aliviar un síntoma no realiza por nosotros el trabajo psicológico de comprender la pérdida, asumir lo irreversible y reorganizar la vida.
Para eso hace falta tiempo.
Y también hace falta algo más.
Durante las primeras semanas suele haber mucha gente alrededor. La familia llama, los amigos preguntan, alguien viene a casa, otro se ocupa de una gestión. Pero los meses pasan y la vida de los demás va recuperando su ritmo. La nuestra, quizá, todavía no.
Entonces puede aparecer una dificultad que muchas personas en duelo conocen bien: empezar a sentir que hablar de quien ha muerto incomoda.
No porque los demás hayan dejado de querernos. Muchas veces simplemente no saben qué hacer con un dolor que no pueden solucionar. Se sienten impotentes y, desde esa impotencia, empiezan a intentar sacarnos de él.
«Tienes que salir».
«Intenta no darle tantas vueltas».
«Poco a poco tienes que hacer tu vida».
«Él querría verte feliz».
El problema es que quien está pasando el duelo puede empezar a proteger también a los demás. Deja de hablar porque piensa que se repite, porque no quiere entristecerlos o porque siente que debería estar mejor de lo que está.
Y ahí disponer de un espacio profesional puede ser especialmente importante.
No porque exista una técnica capaz de borrar el dolor ni porque todo duelo necesite convertirse automáticamente en terapia, sino porque hay momentos en los que necesitamos un lugar donde poder pensar y hablar sin preocuparnos de cómo se siente quien nos escucha, sin sentir que tenemos que mejorar para tranquilizar a nadie y sin avergonzarnos porque volvamos por quinta vez a la misma conversación.
A veces necesitamos contar lo mismo muchas veces hasta que deja de significar exactamente lo mismo.
La resiliencia tampoco consiste en atravesar una pérdida así sin derrumbarse. Podemos derrumbarnos profundamente y, sin embargo, ir reconstruyéndonos. Ser resiliente no significa salir indemne; significa conseguir que aquello que nos ha roto no decida para siempre cómo vamos a vivir.
Cuando volver a estar bien también puede doler
Meses después de la muerte de su marido, Lola quedó a cenar con unas amigas. En algún momento una de ellas contó algo y se echó a reír. No sonrió educadamente. Se rio de verdad, con esa risa espontánea que aparece antes de que tengamos tiempo de controlarla.
Y casi inmediatamente se sintió culpable.
«Llegué a casa fatal», me contó. «Pensaba: ¿cómo puedo haberme reído así?».
Hay un momento del duelo en el que el problema ya no es únicamente soportar los días malos. También tenemos que aprender a tolerar los buenos.
La primera vez que disfrutamos de una cena, que hacemos un viaje, que esperamos con ilusión un plan o que nos descubrimos pasando una tarde sin pensar constantemente en quien murió puede aparecer una sensación extraña, como si recuperar una parte de nuestra vida significara alejarnos de esa persona.
Y tiempo después puede aparecer algo todavía más difícil de permitirse: sentir atracción por alguien.
Muchas personas viven ese momento como una deslealtad. Si todavía amo a mi pareja, ¿cómo puede gustarme otra persona? ¿Significa que la estoy olvidando? ¿Puedo construir otra relación sin sustituir la que tuve?
Detrás de esas preguntas suele existir una confusión dolorosa: creer que para conservar el amor necesitamos conservar también el sufrimiento.
Pero no necesitamos permanecer mal para demostrar cuánto quisimos a alguien.
Volver a disfrutar no modifica lo que vivimos. Reírnos no borra a quien murió. Y si algún día volvemos a enamorarnos, esa nueva relación tampoco tiene que competir con la anterior porque pertenece a otro momento de nuestra vida.
¿Qué significa entonces superar una pérdida así?
Cuando Lola llegó a mí preguntándome cómo podía superar la muerte de su marido, necesitaba tiempo para comprender algo que entonces todavía no podía imaginar: superar aquella pérdida no iba a significar conseguir que él dejara de importarle.
Durante meses cada recuerdo terminaba inevitablemente en la llamada del hospital, como si más de veinte años de vida juntos hubieran quedado absorbidos por las últimas horas. Poco a poco fueron regresando otras imágenes: los viajes, las conversaciones, algunas discusiones absurdas, una canción, determinadas costumbres y hasta esos defectos suyos que antes la sacaban de quicio y que ahora podía recordar sonriendo. Su historia empezó a ser nuevamente mucho más grande que la forma en que había terminado.
También empezó a recuperar partes de sí misma. Volvió a hacer planes, a tomar decisiones pensando en lo que ella quería y a disfrutar de algunos momentos sin castigarse después por haberlos disfrutado. Y un día pudo empezar a plantearse algo que durante mucho tiempo habría vivido casi como una traición: la posibilidad de que en algún momento pudiera volver a compartir su vida con otra persona.
Recuerdo especialmente una sesión. Llevábamos un rato hablando cuando se quedó callada. Ya no había en ella aquella urgencia de las primeras veces por encontrar una respuesta que hiciera desaparecer el dolor. Me miró tranquilamente y me dijo:
—Creo que ya lo entiendo. Él va a estar dentro de mí y voy a quererlo toda mi vida. Pero eso no significa que tenga que quedarme aquí para siempre. Creo que puedo ensanchar mi corazón para querer a otra persona sin dejar de quererle a él.
Y probablemente ahí estaba la respuesta a la pregunta con la que había llegado a consulta.
No había olvidado a su marido. Tampoco había dejado de dolerle su muerte. Lo que había cambiado era el lugar que aquella pérdida ocupaba dentro de ella. Ya podía recordarlo, quererlo y emocionarse al hablar de él sin sentir que su ausencia tenía que decidir todo lo que todavía podía hacer con su vida.
El dolor había necesitado tiempo. Había necesitado ser hablado, comprendido y acompañado hasta perder aquella intensidad que al principio parecía que nunca iba a disminuir.
A Lola todavía se le llenaban los ojos de lágrimas cuando recordaba aquella mañana y aquella conversación pendiente sobre la comida del domingo. Pero ahora podía hablar también de lugares que quería conocer, de planes que le apetecía hacer y de la posibilidad de que alguien nuevo pudiera algún día acompañarla.
La vida que había imaginado junto a su marido no pudo continuar y ninguna terapia podía cambiar eso. Lo que sí podía cambiar era la manera en que esa pérdida iba a acompañarla durante el resto de su vida.
Quizá eso sea finalmente superar una pérdida de este tipo: no conseguir que deje de doler lo que ocurrió, sino lograr que ese dolor encuentre un lugar dentro de nosotros desde el que no nos impida vivir todo lo que todavía puede ocurrir.




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