Hace años, durante una despedida de soltera, apareció un mariachi para cantar junto a nuestra mesa.
Mientras la futura novia disfrutaba de la sorpresa, una de sus amigas se quedó mirando al cantante completamente embelesada. Él también debió de darse cuenta porque, cuando terminó la actuación, se acercó y le pidió el teléfono.
Ella nos miró, entre divertida y desconcertada, y preguntó:
—¿Pero qué hago yo con un mariachi?
Detrás de aquella frase había una pregunta bastante más profunda.
Aquel hombre le había atraído. Había sentido curiosidad, interés, quizá esa pequeña sacudida que aparece cuando alguien nos gusta y todavía no sabemos muy bien por qué. Pero, casi inmediatamente, otra parte de su cabeza empezó a preguntarse qué lugar podría ocupar aquel hombre en su vida.
No era una valoración sobre su profesión. Era la aparición repentina de la realidad: sus horarios, su forma de vivir, sus proyectos, sus valores y la posibilidad de que dos mundos tan distintos pudieran llegar a encontrarse.
Porque para elegir a una persona no basta con que nos atraiga. También necesitamos poder imaginarla dentro de nuestro mundo.
La atracción puede iniciar una historia. Pero no explica por qué dos personas continúan eligiéndose cuando desaparece la novedad, llegan las obligaciones, cambian las prioridades y la vida comienza a exigir decisiones reales.
No existe una fórmula universal para la pareja
Durante siglos hemos buscado una fórmula para la felicidad en pareja. Se han escrito miles de libros, se han realizado investigaciones y se han dado consejos de todo tipo. Y, sin embargo, seguimos preguntándonos qué hace que una relación funcione.
Quizá no hayamos encontrado una respuesta definitiva porque no todas las personas esperan que la pareja cumpla la misma función en su vida.
Para algunas representa estabilidad emocional, económica o social. Para otras, la posibilidad de construir una familia o compartir un proyecto. También puede ser una forma de protegerse de la soledad, encontrar compañía, sentirse elegido o pertenecer a algo que dé sentido y estructura a la propia vida.
No siempre somos plenamente conscientes de lo que buscamos. Podemos decir que queremos amor, aunque junto a él también estemos buscando seguridad, reconocimiento, protección o una determinada forma de vivir.
Y esa expectativa íntima no siempre se comparte con la otra persona.
Por eso, para comprender qué hace que una pareja quiera seguir eligiéndose, también debemos preguntarnos qué función cumple esa relación para cada uno y si continúa respondiendo a aquello que ambos esperaban encontrar en ella.
Podemos querer profundamente a alguien y, sin embargo, descubrir que la relación ya no responde a lo que necesitamos de ella. El amor importa, pero amar a una persona y construir con ella una relación satisfactoria no son exactamente lo mismo.
El amor es imprescindible, pero no suficiente
En la consulta encontramos parejas que aseguran que todavía se quieren, que se respetan y que no desean perder el proyecto que comenzaron juntas. Conservan el afecto y valoran su historia. Sin embargo, han dejado de estar bien.
Se quieren, pero no se escuchan. Se respetan, pero se irritan constantemente. No quieren separarse, aunque tampoco saben cómo seguir viviendo de la manera en la que lo hacen.
Tienen razones para no romper, pero apenas encuentran razones para disfrutar de su relación.
Ahí aparece una diferencia fundamental: una pareja no continúa eligiéndose únicamente porque conserve motivos para no separarse. Continúa eligiéndose cuando las dos personas siguen encontrando motivos para estar juntas.
El amor necesita apoyarse en otros elementos: respeto, confianza, intimidad, reconocimiento, admiración y una forma suficientemente compatible de entender la vida. También necesita algo que a veces olvidamos: bienestar.
La relación debe seguir siendo, pese a sus dificultades, un lugar en el que ambos quieran estar.
Crear un «nosotros» sin perder el «yo»
En los últimos años se ha repetido mucho que no existen las medias naranjas y que todos debemos ser personas completas. Estoy de acuerdo si esto significa que nadie necesita una pareja para tener valor, identidad o una vida propia.
Pero cuando decidimos compartir la vida con alguien ocurre algo que tampoco podemos ignorar: dejamos de vivir únicamente desde el «yo» y aparece un espacio nuevo, el «nosotros».
Una pareja no puede funcionar si uno de sus miembros tiene que desaparecer para que el otro esté bien. Pero tampoco puede construirse si ambos viven como si sus decisiones solo les afectaran a ellos.
Compartir la vida exige negociar prioridades, adaptar horarios, distribuir responsabilidades y tener en cuenta las necesidades de la otra persona. Eso no significa necesariamente perder libertad. Puede significar elegir compartirla.
Cada miembro necesita conservar su identidad, sus intereses y sus vínculos. Pero la relación también necesita un territorio común: tiempo compartido, conversaciones, proyectos, decisiones y una historia que pertenezca a los dos.
Una buena relación no consiste en dejar de ser uno mismo. Consiste en crear un «nosotros» sin perder el «yo».
Aprender a cambiar juntos
No somos las mismas personas a los veinte, a los cuarenta o a los sesenta años. Cambian nuestras prioridades, nuestras responsabilidades, nuestros proyectos y nuestra manera de entender el amor.
También nos cambian las experiencias. Las alegrías nos enseñan qué queremos conservar. Las decepciones nos muestran aquello que ya no estamos dispuestos a aceptar. La llegada de los hijos, el trabajo, las pérdidas, las enfermedades o el paso del tiempo modifican nuestra forma de mirar el futuro.
Por eso una relación no puede quedarse congelada en el momento en el que comenzó.
Muchas parejas no se separan porque eligieran mal desde el principio. Se separan porque la relación que construyeron dejó de evolucionar mientras las personas que la formaban seguían cambiando.
Amar durante mucho tiempo exige aceptar que el otro no permanecerá inmóvil. Exige interesarnos por la persona en la que se está convirtiendo: saber qué le preocupa, qué necesita, qué deseos conserva y qué nuevas inquietudes han aparecido.
Las parejas no permanecen unidas porque sus miembros no cambien. Permanecen unidas cuando consiguen cambiar sin dejar de encontrarse.
Seguir eligiéndose no es repetir la elección del principio. Es volver a elegir a una persona que ha cambiado, mientras nosotros también cambiábamos.
Cuidar la relación antes de sentir que podemos perderla
Las relaciones rara vez se deterioran de un día para otro. Lo habitual es que la distancia se construya lentamente.
Dejamos de preguntar cómo está el otro. Escuchamos mientras hacemos otra cosa. Posponemos las conversaciones importantes y pensamos que ya habrá otro momento para compartir tiempo o resolver aquello que nos está separando.
Uno de los dos empieza a organizar cada vez más partes de su vida sin contar con el otro. Al principio porque su pareja no puede, no quiere o nunca tiene tiempo. Después, porque aprende a no necesitarla.
No ha habido necesariamente una gran discusión. Pero dos personas que antes caminaban juntas han empezado a recorrer caminos diferentes.
Esto no significa que las parejas que funcionan no discutan. Todas lo hacen. El problema no es el conflicto, sino qué hacemos con él.
Hay discusiones que permiten conocerse mejor, negociar y llegar a acuerdos. Otras se convierten en una lucha para demostrar quién tiene razón, quién ha sufrido más o quién puede imponer su criterio.
Las parejas que funcionan no son las que evitan los conflictos, sino las que consiguen atravesarlos sin convertir al otro en un enemigo.
Muchas empiezan a reaccionar cuando aparece el miedo a perder la relación. Entonces escuchan, preguntan y prometen cambios. Pero, para entonces, la otra persona puede llevar mucho tiempo sintiéndose sola.
No siempre aparece un tercero porque haya desaparecido el amor. A veces aparece porque alguien llevaba demasiado tiempo sin sentirse visto.
Una relación no necesita grandes demostraciones todos los días. Necesita pequeños gestos repetidos durante muchos años: escuchar, interesarse, reconocer, acompañar, agradecer y reservar un espacio para seguir encontrándose.
Igual que el desgaste es lento, el cuidado también lo es.
Seguir eligiéndose es una decisión de dos
Elegir una relación no significa permanecer en ella a cualquier precio. No implica aceptar la falta de respeto, el control, la violencia, el engaño reiterado o la desaparición sistemática de nuestras necesidades.
Tampoco todas las crisis pueden superarse ni todas las parejas pueden reconstruirse.
Para seguir eligiéndose hacen falta dos personas.
Una sola puede iniciar conversaciones, revisar su comportamiento y proponer cambios. Pero no puede construir por ambas un proyecto común.
Continuar juntos no debería ser únicamente una decisión contra la ruptura. Debería ser también una decisión a favor de la relación que ambos quieren construir.
Aquella amiga podía sentirse atraída por el mariachi y, al mismo tiempo, preguntarse qué lugar tendría aquel hombre en su vida. Esa es una de las primeras preguntas del amor.
Con los años aparece otra mucho más compleja.
Ya no se trata de imaginar si alguien puede entrar en nuestro mundo. Se trata de comprobar si el mundo que hemos construido juntos continúa siendo un lugar en el que ambos queremos vivir.
No existe la pareja perfecta. Existe la pareja que dos personas deciden seguir construyendo.
Porque una relación no se mantiene por casualidad. Se mantiene cuando ambos continúan encontrando motivos para elegirse, incluso cuando la vida deja de ser perfecta.




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