Hay varias cuestiones que suelen preocupar a las personas que han perdido a su pareja y desean rehacer su vida amorosa. La primera pregunta que surge y que debemos hacernos es ¿cuándo sabemos que es momento, que estamos preparados para rehacer nuestra vida sentimental, sin sentimiento de culpa o de pensar que estamos traicionando a nuestro amor perdido?

 

Cuando aceptemos la pérdida, la lloremos, la hagamos consciente y la asumamos. Debemos volver a ser uno y aceptar nuestra nueva situación. Sin el periodo de duelo es casi imposible volver a tener una relación amorosa completa y exitosa. Y en esto…cada persona tiene sus tiempos.

En segundo lugar, hay un interrogante que preocupa a las personas que deciden dar el paso de volverlo a intentar: ¿y si no es aceptada socialmente mi nueva situación?

Para volver a tener una pareja debemos estar preparados y ser fuertes. A veces, si es reciente el duelo o dependiendo del papel que nuestra pareja ha ejercido socialmente, es posible que el viudo o viuda sea objeto de críticas. Y qué decir de las familias, que pueden ser nuestros peores enemigos a la hora de rehacer nuestra vida sentimental, por ejemplo, en el caso de hijos mayores o la familia política.

La tercera gran cuestión es ¿sentiré lo mismo?

Cuando alguien viudo se plantea volver a enamorarse, sobre todo al principio, tiende a comparar a los nuevos candidatos con la persona fallecida. Así es casi imposible volverse a enamorar, porque normalmente tendemos a idealizar la relación pasada y, consecuentemente, ninguna persona supera un listón tan alto.

También es oportuno quitar, guardar o tirar las cosas materiales de la persona fallecida. Nuestra casa no debe ser un mausoleo, debemos construir un nuevo hogar con la nueva persona y debemos empezar de cero con ella.

En su momento nos enamoramos de alguien que formó parte de nuestra vida, de un periodo importante, con luces y sombras (aunque tendemos a idealizar esa relación) y que puede habernos dado una familia, por lo que estará presente a lo largo de nuestra existencia y le veremos reflejado en nuestros hijos y ellos nos lo recordarán. No obstante, esa persona, aunque la sentimos dentro de nosotros, la debemos cobijar en un lugar determinado de nuestro corazón. Durante un tiempo, nuestra felicidad estuvo unida a una persona que, aunque ausente, sigue presente en nuestra intimidad, pero que en ningún caso debe ser obstáculo para un nuevo amor tan inmenso y completo como el que vivimos.

 

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