Alicia López Losantos - Doctoralia.es

¿Quién debe dar el primer paso cuando nos gusta alguien?

por | Oct 23, 2026 | Escuela de parejas, Reflexiones psicológicas | 0 Comentarios

—Yo me he casado dos veces y las dos veces fui yo quien le pidió a mi futuro marido que se casara conmigo —me dice Carmen mientras se acomoda en el sillón.

Se ríe al contármelo.

—No sé si es que soy muy impulsiva o que no me gusta perder el tiempo, pero yo veía que pasaban los meses, incluso los años, y ellos no daban el paso. Así que lo di yo. Y no me arrepiento. He tenido dos buenos matrimonios.

Carmen está cerca de los sesenta años y pertenece a una generación que creció con unas reglas de conquista bastante diferentes de las actuales. Durante mucho tiempo, al menos en nuestra sociedad occidental, el terreno de la iniciativa amorosa estuvo fundamentalmente en manos de los hombres. Era él quien invitaba a salir, quien manifestaba el interés, quien iniciaba el cortejo y, llegado el momento, quien pedía matrimonio. La mujer podía mostrar que alguien le gustaba, facilitar el acercamiento o desplegar todo el juego de la seducción, pero tomar abiertamente la iniciativa podía ser visto como demasiado atrevido.

Eso ha cambiado mucho y, además, lo ha hecho bastante deprisa.

La incorporación de la mujer a la universidad, al trabajo y a espacios sociales cada vez más igualitarios fue transformando también las relaciones personales. Las mujeres dejaron progresivamente de ocupar únicamente el lugar de quien espera ser elegida para empezar también a elegir y a expresarlo. Hoy no resulta extraño que una chica diga a un chico que le gusta, le escriba primero, le proponga quedar o manifieste claramente su interés. Muchas jóvenes ni siquiera se plantean ya que estén haciendo algo que unas décadas atrás podía considerarse poco apropiado para una mujer.

Hoy importa menos quién debe dar el primer paso y más quién se atreve a darlo.

Curiosamente, existe un ritual que parece resistirse bastante más al cambio: la petición de matrimonio. Seguimos imaginando mayoritariamente la misma escena. Él prepara la sorpresa, saca el anillo y pregunta si quiere casarse con él. Ella responde. Hemos transformado profundamente quién puede iniciar una relación y, sin embargo, al llegar al matrimonio conservamos uno de los últimos restos visibles de aquel antiguo reparto de papeles.

Carmen, en realidad, llevaba años saltándose esa norma sin darle demasiada importancia.

—Ahora que lo pienso, siempre he sido así —continúa—. Incluso cuando sabía que un amigo mío estaba interesado en mí y yo no sentía lo mismo, se lo decía. «Oye, yo te gusto, ¿no? Pues tú a mí no. Así que vamos a seguir siendo amigos porque, si no, yo me siento muy incómoda».

Su comentario me hizo pensar que Carmen no toma la iniciativa únicamente cuando quiere conseguir algo. También lo hace cuando necesita aclarar una situación. No le gusta permanecer demasiado tiempo interpretando qué puede estar pasando ni sentirse atrapada en esa tierra de nadie en la que uno sospecha lo que siente el otro pero nadie se atreve a nombrarlo.

Tomar la iniciativa no siempre significa conquistar. A veces significa poner claridad donde hay incertidumbre.

Y quizá ahí esté una de las diferencias importantes entre unas personas y otras. Hay quienes prefieren preguntar, proponer o exponerse antes que pasar semanas interpretando mensajes, gestos o silencios. Otras son más tímidas, más prudentes o llevan peor la posibilidad del rechazo y prefieren que sea el otro quien avance primero. También hay personas que disfrutan de ese periodo inicial en el que todavía no sabemos exactamente qué está ocurriendo y otras que necesitan saber cuanto antes a qué atenerse.

Algunas, además, quieren sentirse elegidas. No porque crean necesariamente que al otro le corresponda conquistar, sino porque necesitan comprobar que existe suficiente interés como para que sea él quien se arriesgue a acercarse.

Por eso quizá ya no tenga demasiado sentido seguir preguntándonos si debe dar el primer paso el hombre o la mujer. La cuestión empieza a ser otra: qué hacemos cada uno cuando alguien empieza a importarnos.

Mientras no hacemos nada podemos conservar todas las posibilidades. Podemos pensar que quizá también le gustamos, que tal vez está esperando, que es tímido o que necesita más tiempo. El día que proponemos una cita, enviamos ese mensaje o reconocemos nuestro interés dejamos de imaginar y empezamos a exponernos a una respuesta.

Dar el primer paso tiene algo de valentía precisamente por eso. Nos obliga a aceptar que quizá la respuesta no sea la que deseamos.

Carmen parece tenerlo bastante claro.

—Yo prefiero saberlo.

Probablemente esa frase explique buena parte de su manera de relacionarse. Prefiere una respuesta a una incógnita, aunque la respuesta pueda no gustarle.

Pero precisamente ahí aparece una cuestión que me interesa mucho más: ¿saberlo cuanto antes es siempre mejor?

Vivimos en una sociedad cada vez menos tolerante con la incertidumbre. Queremos saber pronto si alguien nos gusta, si nosotros le gustamos, si busca una relación, si quiere compromiso o si merece la pena seguir conociéndole. Las redes sociales y las aplicaciones para encontrar pareja han acelerado todavía más esa manera de relacionarnos. Miramos un perfil, decidimos si alguien encaja, pasamos al siguiente, interpretamos el tiempo que tarda en contestar, comprobamos si ha visto nuestro mensaje y buscamos señales que nos permitan concluir cuanto antes qué está pasando.

Las redes nos han dado más oportunidades para acercarnos, pero también nos han acostumbrado a decidir demasiado deprisa.

No hace tantos años muchas relaciones empezaban porque dos personas coincidían repetidamente. En el trabajo, en la universidad, a través de amigos, en un bar al que ambos acudían o dentro de un grupo social. Había tiempo para observarse, conversar, descubrirse y quizá empezar a mirar de otra manera a alguien que inicialmente no había llamado especialmente nuestra atención.

Ahora podemos conocer a muchas más personas, pero también descartarlas antes.

Esto enlaza con algo de lo que llevo tiempo hablando: hemos pasado, en buena medida, del encuentro al catálogo. Antes el conocimiento precedía a la elección. Hoy muchas veces elegimos si queremos conocer antes de haber conocido realmente.

Y esa lógica también puede introducirse en la conquista. Podemos empezar a sentir que dedicar tiempo a alguien que finalmente no encaja ha sido tiempo desperdiciado y querer resolver rápidamente si merece la pena continuar.

Pero las relaciones humanas no siempre funcionan a esa velocidad.

Hay personas que nos atraen inmediatamente y otras que comienzan a interesarnos después de varias conversaciones. Hay encuentros en los que la química aparece desde el primer momento y otros en los que necesitamos descubrir una manera de mirar, de escuchar, de hablar o de estar con los demás antes de que aparezca el deseo.

La atracción no siempre aparece de golpe. A veces necesita tiempo para construirse.

Y ahí entra algo que creo que estamos perdiendo en nuestra manera de relacionarnos: la seducción.

Seducir no consiste en aplicar estrategias para conseguir que alguien se enamore de nosotros, ni en hacerse el interesante, desaparecer, retrasar deliberadamente los mensajes o provocar inseguridad. La seducción tiene mucho más que ver con la atención. Con interesarnos realmente por quien tenemos delante, con ir mostrando quiénes somos sin necesidad de exhibirlo todo desde el principio, con permitir que aparezcan la curiosidad y el deseo de seguir conociéndonos. Ya escribía hace tiempo que la seducción tiene que ver precisamente con “mostrar sin mostrar, sugerir o insinuar” y con poner la atención en el otro.

Por eso también podemos equivocarnos intentando aclararlo todo demasiado pronto. Cuando apenas estamos empezando a conocer a alguien y necesitamos saber inmediatamente qué somos, qué pretende o hacia dónde va aquello, quizá estemos intentando eliminar una incertidumbre que también forma parte del proceso de conocerse.

No todo tiempo de espera es tiempo perdido. A veces es el tiempo que necesita la seducción.

Aquí aparece una paradoja interesante. Durante décadas necesitábamos desprendernos de códigos rígidos que decían a las mujeres que debían esperar. Poder invitar a un hombre a salir, expresar directamente el deseo o pedirle matrimonio formaba parte de una transformación social importante. Hoy esa libertad está mucho más incorporada y probablemente la personalidad determine mucho más que el sexo quién toma la iniciativa.

Pero ganar esa libertad no debería significar que tengamos que resolverlo todo inmediatamente.

Hemos aprendido a tomar la iniciativa. Nos queda aprender a no confundir iniciativa con inmediatez.

Carmen no se arrepiente en absoluto de haber actuado como lo hizo.

—Si no lo hubiera hecho, igual habría perdido años esperando algo que yo quería.

Y probablemente tenga razón. Podemos acercarnos, expresar lo que sentimos, proponer, preguntar. Podemos decidir que no queremos quedarnos esperando a que otra persona interprete nuestras señales.

Lo que no podemos hacer es fabricar su interés.

Y quizá ahí esté finalmente la respuesta a aquella pregunta aparentemente sencilla de quién debe dar el primer paso.

Puede darlo cualquiera.

El hombre o la mujer, quien tenga más iniciativa, quien necesite saber, quien tolere mejor el riesgo o incluso quien normalmente sea tímido y un día decida dejar de esperar.

Lo verdaderamente importante empieza a suceder después.

Porque una cosa es tomar la iniciativa y otra muy distinta tener que sostener en solitario todo el acercamiento. Si siempre somos nosotros quienes escribimos, proponemos, preguntamos, buscamos y mantenemos el contacto, quizá la cuestión haya dejado de ser quién dio el primer paso para convertirse en algo bastante más importante: si el otro también quiere acercarse.

El primer paso puede darlo cualquiera. Los siguientes tienen que empezar a darse entre dos.

Carmen sonríe cuando termina de hablar.

—Yo siempre he pensado que, si quiero algo, prefiero decirlo.

No todos tenemos que relacionarnos como Carmen. Algunos necesitamos más tiempo, otros disfrutamos de la espera y otros quizá llevemos toda la vida esperando que sean los demás quienes se arriesguen primero.

¿Y tú? Cuando alguien te gusta, ¿das el primer paso o esperas? ¿Te gusta ese tiempo de seducción o necesitas saber cuanto antes qué está pasando?

Cuéntamelo en los comentarios. Me interesa saber cómo lo vives tú.

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