—Estoy deseando volver a trabajar. Y mira que esperaba estas vacaciones con toda la ilusión del mundo —me comentó Marta.
Tenía quince días libres y llevaba semanas imaginándolos de una manera muy distinta. Le apetecía viajar, pero Luis no quería hacer un viaje largo aquel año. Entre los gastos de la universidad de Guillermo y que, según él, por España siempre podían hacer alguna escapada más adelante, prefería quedarse en casa. Marta lo entendía. En realidad, tampoco necesitaba irse lejos.
—Yo le decía: «No hace falta gastar dinero para pasarlo bien. Con que estemos juntos es suficiente».
Además, por primera vez en bastante tiempo tenían una circunstancia a favor. Sus hijos ya hacían prácticamente su vida, salían con sus amigos, tenían sus propios planes e incluso pasarían algunos días fuera. Después de tantos veranos organizados alrededor de horarios, hijos y obligaciones, Marta había pensado que quizá por fin podrían recuperar algo de tiempo para ellos. Había imaginado cenas fuera, alguna escapada, paseos sin mirar el reloj y esas conversaciones que durante el año siempre parecen quedarse para otro momento. Incluso algo tan sencillo como sentarse juntos en la terraza al atardecer, tomar algo y hablar.
Luis, sin embargo, llegaba a las vacaciones con otra necesidad. Estaba cansado. No quería horarios, compromisos ni demasiados planes. Le apetecía levantarse cuando quisiera, descansar, ocuparse tranquilamente de alguna cosa pendiente de la casa o simplemente no hacer nada. Y los días fueron pasando. Hacían cosas juntos, sí: iban al supermercado, resolvían algún asunto doméstico, salían de vez en cuando. Pero no era eso lo que Marta había estado esperando.
Lo que ella echaba de menos no era actividad, sino pareja. Quería recuperar ese espacio romántico e íntimo que durante el año había quedado enterrado bajo el trabajo, los hijos y las obligaciones.
—Al final he trabajado más que cuando trabajo —me dijo—. Y me he aburrido tanto que estaba deseando volver a la rutina.
La frase me hizo pensar, porque Marta no estaba hablando realmente de no haber hecho un viaje ni de que Luis prefiriera descansar. Había depositado en aquellas vacaciones la esperanza de volver a encontrarse con su marido y había descubierto que disponer de más tiempo juntos no significaba necesariamente sentirse más juntos.
Pero también había que mirar a Luis. Resultaba muy fácil escuchar a Marta y concluir que ella estaba intentando cuidar la relación mientras él no mostraba interés. Sin embargo, quizá Luis no estuviera rechazando a Marta. Podía haber llegado agotado después de meses de trabajo y estar esperando algo completamente diferente de aquellos quince días: no responder a horarios, no organizar nada y, por una vez, no sentir que tenía que aprovechar el tiempo.
Ahí empezaba realmente el conflicto.
Cuando esperamos cosas diferentes del mismo tiempo
Muchas discusiones de pareja no nacen de que uno quiera a la relación y el otro no, sino de que cada uno interpreta las necesidades del otro desde las propias.
Marta proponía cenas, paseos, conversación y algún plan especial, pero probablemente aquello que estaba pidiendo era otra cosa: sentirse elegida, recuperar intimidad, volver a notar que entre ellos seguía existiendo algo que no tenía que ver únicamente con los hijos, la casa o las responsabilidades.
Luis pedía descanso. Y quizá para él descansar significaba exactamente lo contrario: no tener que organizar actividades, no cumplir expectativas y disponer por fin de días en los que nadie esperase demasiado de él.
Las dos necesidades podían ser legítimas. El problema aparece cuando en lugar de intentar comprender qué hay detrás de lo que el otro pide empezamos a interpretar su comportamiento como una respuesta hacia nosotros. Marta podía pensar que Luis ya no quería hacer nada con ella y Luis podía sentir que incluso durante sus vacaciones tenía que responder a nuevas obligaciones. A partir de ahí la discusión deja de ser sobre una cena o una escapada y empieza a convertirse en una explicación sobre la relación: «Nunca quieres hacer nada conmigo», «todo te parece poco», «no sabes estar tranquila», «para cualquier cosa que te propongo estás cansado».
Por eso muchas veces no discutimos realmente por aquello por lo que creemos estar discutiendo. Lo que nos duele es el significado que atribuimos a la conducta del otro.
Cuando la rutina desaparece y vemos qué queda
Todos los años, después de las vacaciones, vuelve la pregunta sobre si aumentan las separaciones. Sin embargo, me parece más interesante preguntarnos qué ocurre durante esos días para que algunas personas regresen mirando su relación de una manera diferente.
Durante buena parte del año una pareja puede funcionar perfectamente sin preguntarse demasiado cómo está. Trabajamos, organizamos a los hijos, hacemos compras, resolvemos problemas, cumplimos compromisos, llegamos cansados a casa y al día siguiente volvemos a empezar. De esta forma podemos convertirnos en magníficos gestores de una vida común y confundir esa capacidad de organización con estar bien como pareja.
La rutina no es un enemigo. Necesitamos rutinas porque proporcionan orden, estabilidad y previsibilidad. El problema aparece cuando terminan ocupando prácticamente todo y dejamos de construir aquello que no surge automáticamente por compartir una casa: intimidad, conversación, curiosidad por el otro, sexualidad, diversión o simplemente espacios en los que volvemos a reconocernos como pareja.
Entonces llegan las vacaciones y desaparecen durante unos días muchas de las obligaciones que nos mantenían ocupados. Aquello que durante meses habíamos atribuido a la falta de tiempo se encuentra con una realidad algo más incómoda: tenemos tiempo y, aun así, tampoco nos encontramos.
Eso fue lo que inquietó a Marta. Durante el año podía pensar que echaba de menos a Luis porque ambos estaban demasiado ocupados. Aquellos quince días introdujeron una duda diferente: quizá la falta de tiempo no fuera la única explicación.
Y esa constatación puede producir más inquietud que una pelea.
Podemos pasar quince días al lado de alguien, desayunar juntos, ir de compras, hacer alguna excursión y cenar cada noche en la misma mesa y, sin embargo, sentirnos profundamente solos. No porque haya ocurrido nada especialmente grave, sino porque hace tiempo que las conversaciones se han vuelto funcionales, la curiosidad por el otro ha disminuido o los espacios de intimidad han desaparecido.
Esto no significa que una relación larga deba conservar permanentemente la intensidad del enamoramiento. Las parejas evolucionan y la manera de querernos también cambia. Pero sí necesita mantenerse algún espacio que siga perteneciendo al «nosotros» y no únicamente a la familia, a la casa o a la organización cotidiana.
Ese espacio puede estar en el deseo, pero también en el humor, en una conversación, en una afición compartida, en disfrutar juntos de algo aparentemente pequeño o simplemente en seguir teniendo curiosidad por lo que piensa y siente la persona con la que convivimos.
El problema no es que el amor se vuelva cotidiano. El problema aparece cuando lo cotidiano acaba ocupando todo el espacio que antes pertenecía a la pareja.
Una crisis después de las vacaciones no significa necesariamente una ruptura
Volver de unas vacaciones decepcionantes no debería llevarnos automáticamente a concluir que nuestra relación se ha terminado. Quince días malos no explican por sí solos una historia de veinte años y hay circunstancias que pueden alterar profundamente la convivencia durante ese periodo: cansancio, problemas económicos, diferencias en la forma de descansar, convivencia intensa con hijos o familiares o expectativas demasiado elevadas.
Pero tampoco deberíamos utilizar estas explicaciones para desacreditar lo que hemos sentido.
Si una persona vuelve al trabajo aliviada porque así pasará menos tiempo con su pareja, ese alivio contiene información que merece ser escuchada. Si ha sentido una profunda decepción porque esperaba cercanía y no la ha encontrado, conviene intentar comprender si todavía desea recuperarla. Y si ambos han discutido constantemente, quizá necesiten ir más allá del motivo concreto de cada pelea y preguntarse qué estaba expresándose realmente a través de ellas.
No es lo mismo una pareja que quiere estar junta pero no consigue relacionarse bien que una pareja en la que uno de los dos lleva tiempo emocionalmente fuera. Tampoco es lo mismo estar cansado del conflicto que estar cansado de la persona.
Por eso, una vez pasada la intensidad del verano, puede ser un buen momento para hablar de lo ocurrido sin convertir la conversación en una enumeración de agravios. No se trata de decidir quién arruinó las vacaciones, sino de comprender qué ha mostrado ese periodo sobre la relación.
A veces aparecerá una necesidad de recuperar intimidad o reorganizar responsabilidades. Otras veces habrá que aprender a respetar mejor las necesidades diferentes de cada uno. También puede surgir un resentimiento acumulado que no se había abordado o la constatación de que hace mucho que ambos funcionan más como equipo familiar que como pareja.
Y en algunos casos la pregunta será más difícil porque quizá uno de los dos ya no quiera reconstruir nada.
También lo hablamos en Aragón Radio
En Aragón Radio me preguntaron si después del verano aumentan las separaciones y, sobre todo, qué podemos hacer cuando las vacaciones han dejado al descubierto un conflicto que durante el resto del año resultaba más fácil no mirar.
En la entrevista hablamos precisamente de eso: de por qué pasar más tiempo juntos no significa necesariamente sentirnos más cerca, de cómo distinguir unas vacaciones difíciles de una crisis real de pareja y de qué conviene preguntarnos antes de tomar una decisión.
Puedes escuchar aquí la entrevista completa.
Cuando volver a la rutina parece solucionar el problema
La frase de Marta escondía una paradoja interesante. Durante todo el año había pensado que la falta de tiempo le impedía disfrutar de Luis y, después de pasar quince días con él, estaba deseando que aquella falta de tiempo regresara.
Volvería al trabajo, los hijos recuperarían sus horarios, Luis tendría nuevamente sus ocupaciones y la relación volvería a funcionar. Pero que una relación vuelva a funcionar no significa necesariamente que aquello que apareció durante las vacaciones haya desaparecido. Puede significar simplemente que volvemos a tener menos tiempo para verlo.
Por eso una crisis después del verano no tiene por qué entenderse únicamente como una amenaza. También puede ser información. Puede hacernos ver que hemos dejado de cuidar determinadas partes de la relación, que llevamos años dando por supuesto al otro, que tenemos necesidades que nunca hemos explicado o que hemos construido una vida muy eficaz en la que poco a poco ha ido desapareciendo la pareja.
Esa información algunas veces permitirá reconstruir. Otras obligará a reconocer que la distancia es mayor de lo que pensábamos.
La finalidad no debería ser mantener una relación a cualquier precio ni interpretar cualquier malestar como prueba de que debemos terminarla. La cuestión es poder mirar lo que ha aparecido sin volver a esconderlo debajo de la rutina.
Marta creía que necesitaba unas buenas vacaciones con Luis. Al terminarlas empezó a preguntarse algo diferente: si lo que echaba de menos era disponer de más tiempo con él o recuperar la relación que había tenido con él.
Esa diferencia cambia completamente la conversación.
Las vacaciones no habían decidido el futuro de su matrimonio. Simplemente habían hecho visible algo que durante el resto del año resultaba más fácil no mirar. A partir de ahí ya no se trataba de decidir dónde irían el próximo verano, sino de averiguar si los dos seguían queriendo encontrarse y, en caso afirmativo, qué tendrían que construir de manera diferente para conseguirlo.
Antes de decidir qué hacer con tu relación
Si has vuelto de las vacaciones cuestionándote tu pareja, quizá no necesites responder inmediatamente si debes continuar o terminar. Puede ser más útil dedicar un tiempo a contestarte con sinceridad estas cuatro preguntas:
- Cuando pienso en mi pareja, ¿echo de menos estar mejor con ella o cada vez deseo más una vida sin ella?
- Si cambiara aquello que nos ha hecho sufrir estas vacaciones, ¿seguiría queriendo estar en esta relación?
- ¿Qué necesidad mía no ha sido atendida y qué necesidad del otro puedo no haber comprendido?
- Cuando intento hablar de lo que está ocurriendo, ¿encuentro a una persona dispuesta a entenderlo y construir conmigo algo diferente?
No hace falta contestarlas deprisa. De hecho, quizá lo importante sea precisamente no hacerlo.
Porque unas malas vacaciones pueden ser simplemente unas malas vacaciones. Pero también pueden mostrarnos algo que llevábamos demasiado tiempo sin querer mirar.
Y cuando eso ocurre, el objetivo no debería ser volver cuanto antes a la normalidad, sino aprovechar lo descubierto para preguntarnos qué relación tenemos y qué relación queremos seguir construyendo a partir de ahora.





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