Hace unos días recibí en consulta a una pareja que se quería muchísimo, pero no tenía intimidad. No había conflicto, no había rechazo, no había distancia evidente. De hecho, habían construido algo valioso: se acompañaban bien, se entendían, habían llegado el uno al otro en un momento vital en el que ambos necesitaban justo el tipo de persona que el otro representaba.
Y desde ahí, aprendieron a quererse.
Los meses se convirtieron en años, la relación funcionaba, pero la chispa de la pasión apareció pronto… y también se apagó pronto. Aun así, no querían separarse sin entender qué estaba pasando. Querían saber si aquello tenía recorrido o si, en el fondo, lo que tenían era más parecido a una buena amistad que a una relación de pareja.
Y la pregunta que traían —aunque no la formularan exactamente así— era mucho más directa de lo que parecía:
¿Es la intimidad sexual un ingrediente necesario para que una relación de pareja funcione?
¿Puede existir una pareja sin sexo cuando no hay otros condicionantes externos?
Porque, en el fondo, esa es la cuestión.
No tanto cuántas relaciones sexuales tiene una pareja…
sino qué lugar ocupa el sexo dentro del vínculo.
En los últimos días han vuelto a aparecer datos que señalan algo relevante: un número importante de personas no mantiene relaciones sexuales en su pareja, y uno de los motivos principales es la falta de deseo.
Pero quedarse solo en ese dato sería simplificar demasiado.
Porque cuando hablamos de deseo, tendemos a reducirlo a una sola causa: la relación. Se suele pensar que si no hay deseo es porque algo falla entre los dos, porque se ha perdido la atracción o porque el vínculo se ha deteriorado. Y aunque esto puede ser cierto en algunos casos, en muchos otros la explicación es bastante más compleja.
El deseo sexual no depende solo del otro.
Depende, en gran medida, de cómo está uno.
Vivimos en una sociedad que exige mucho y que deja poco espacio. Jornadas largas, sobrecarga mental, dificultad para desconectar, hiperestimulación constante… muchas personas llegan al final del día sin energía, sin presencia, sin capacidad de conexión real. Y en ese estado, el deseo no desaparece porque no haya amor, sino porque no hay disponibilidad interna.
Pero no es solo una cuestión psicológica.
Cada vez vemos más casos en los que la falta de deseo está relacionada con factores físicos y médicos: enfermedades, tratamientos, alteraciones hormonales o disfunciones sexuales. En consulta aparecen con frecuencia dificultades de erección, problemas de excitación o de respuesta sexual, y lo más relevante es que ya no es algo exclusivo de edades avanzadas. Cada vez se observa más en personas jóvenes.
A esto se suman otros factores que rara vez se mencionan abiertamente: el impacto del consumo de sustancias, la ansiedad, la presión por “funcionar bien” en el plano sexual o incluso el miedo al propio encuentro íntimo. Porque el sexo no es solo un acto físico, es también un espacio de exposición emocional, y no siempre es fácil sostenerlo.
Y aquí aparece una de las distorsiones más frecuentes.
Hemos convertido el sexo en un indicador de cómo debería estar una relación. Como si existiera una frecuencia adecuada, como si el deseo tuviera que mantenerse estable con el paso del tiempo, como si todas las parejas funcionaran igual.
Y desde ahí, cualquier variación se interpreta como un problema.
Sin embargo, el deseo no es una obligación ni una constante. Está profundamente influido por el momento vital, por el estado emocional, por el cuerpo, por la historia personal y por la forma en la que la pareja se relaciona.
Esto nos lleva a una idea importante.
No siempre que falta el sexo falta el amor.
Pero sí es cierto que el tipo de vínculo que se construye influye directamente en cómo aparece —o no aparece— el deseo.
No es lo mismo una relación basada en la admiración, la tensión, la diferencia o el descubrimiento… que una basada exclusivamente en la seguridad, la comodidad o la necesidad.
Ambas pueden ser válidas.
Pero no generan lo mismo.
Quizá por eso la pregunta no debería ser si una pareja tiene más o menos sexo, sino si el tipo de relación que ha construido permite que el deseo tenga espacio.
Porque el deseo no se impone.
No se exige.
No se mantiene por inercia.
El deseo aparece cuando hay condiciones para que aparezca.
Y ahí es donde merece la pena mirar con más profundidad.
No desde la comparación ni desde lo que “debería ser”, sino desde una pregunta más honesta:
¿Qué lugar ocupa realmente el sexo en nuestra relación… y qué está influyendo en que ese lugar sea así?
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