Alicia López Losantos - Doctoralia.es

Optimista y pesimista en la pareja: no va de polos opuestos

Durante años se ha repetido la idea de que, cuando hay un optimista y un pesimista en la pareja, los opuestos se atraen y uno compensa lo que al otro le falta. En la práctica, esto suele generar más confusión que alivio.

El problema no es que uno vea la vida con más esperanza y el otro con más cautela. Tampoco que uno tienda a confiar y el otro a anticipar riesgos. El conflicto aparece cuando esa forma de estar en el mundo se vuelve rígida y deja poco espacio al otro.

No estamos hablando de carácter ni de personalidad fija. Estamos hablando de cómo cada persona regula emocionalmente la realidad.

Optimismo y pesimismo como estrategias emocionales

El optimismo y el pesimismo no son etiquetas estables. Son estrategias emocionales aprendidas para manejar la ansiedad, el miedo y la incertidumbre.

  • Hay personas que se calman restando gravedad a lo que ocurre. Minimizar, posponer o confiar les ayuda a no angustiarse.
  • Otras personas se tranquilizan anticipando escenarios, pensando en lo que puede fallar y preparándose para ello.

Ninguna de estas estrategias es mejor que la otra. El problema surge cuando una de ellas es muy intensa y la pareja no logra sentirse acompañada dentro de ese modo de funcionar.

Qué ocurre cuando hay un optimista o un pesimista en la pareja

Cuando una persona es muy optimista:

  • “No es para tanto.”
  • “Ya se solucionará.”
  • “No pensemos en eso ahora.”

La pareja puede sentir que sus preocupaciones no tienen lugar, que exagera o que molesta. Aparece una sensación de soledad emocional.

Cuando una persona es muy pesimista:

  • “Seguro que algo sale mal.”
  • “Mejor no hacerse ilusiones.”
  • “Hay que tenerlo todo previsto.”

La pareja puede sentirse cansada, vigilada o sin aire. Como si nunca fuera suficiente o nunca pudiera disfrutar del presente.

Aquí está el punto clave: no es que uno tenga razón y el otro esté equivocado. Es que cada uno está intentando sentirse seguro a su manera.

El conflicto no está en la diferencia, sino en la vivencia

Muchas parejas no discuten por lo que pasa, sino por cómo se sienten tratadas cuando expresan su forma de ver la realidad.

  • El optimista puede sentir que el otro le frena, le apaga o le roba energía.
  • El pesimista puede sentir que el otro no le sostiene, no le toma en serio o le deja solo con sus miedos.

Cuando esto no se entiende, la diferencia se vive como un ataque personal.

La comunicación que sí ayuda

No se trata de hablar más ni de explicarse mejor. Se trata de traducir la estrategia emocional del otro.

Poder decir —y escuchar— cosas como:

  • “No estás siendo negativo, estás intentando sentirte seguro.”
  • “No estás pasando de todo, estás intentando no angustiarte.”

Cuando la pareja logra ver la intención que hay debajo, baja la defensividad y aparece algo muy importante: la sensación de estar en el mismo equipo.

¿Cuándo deja de ser complementario?

La diferencia deja de sumar y empieza a desgastar cuando:

  • Uno de los dos siempre cede.
  • Uno se adapta constantemente para no molestar.
  • La conversación gira en torno a quién ve la realidad “correctamente”.

Una pareja sana no busca que el otro cambie su forma de regular el mundo, sino crear un espacio donde ambas miradas tengan lugar.

Para cerrar

En una buena relación no hace falta pensar igual, ni sentir igual, ni regular la realidad de la misma manera.

Lo que sí hace falta es poder decir: “Así es como yo me protejo” y que el otro pueda escucharlo sin sentirse atacado.

Porque cuando entendemos que no es carácter, sino regulación emocional, la diferencia deja de separarnos y empieza a ordenarse.

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