Hay personas que aman mucho y no son correspondidos, otras aman poco, pero les quieren mucho, otras no conocen el amor, otras se enamoran del amor… En fin, usamos tanto la palabra amor que al final no hay una definición precisa de lo que es y de cómo hay que amar.

Se han intentado varias taxonomías del amor, la más completa es la que nos habla del amor romántico, que combina intimidad y pasión; el apasionado, que también se conoce como amor obsesivo o enamoramiento; el fatuo, combinación de pasión y compromiso; el vacío, en el que solo se da el compromiso y está carente de pasión e intimidad; el compañero, mezcla de intimidad y compromiso, pero sin pasión y, finalmente, el rey de todos los amores, el amor completo, que es la combinación de intimidad, pasión y compromiso.

Si observamos las relaciones que nos rodean, veremos que la mayoría de las personas tienen uno de estos tipos de amores y, es más, a veces lo confunden con el amor completo. La costumbre, el compromiso, la presión social, la inexperiencia, hace que las personas no conozcan realmente la compleja transformación que un amor completo produce.

Y esto está en relación con una pregunta que las personas me suelen realizar, ¿tú crees en el amor para toda la vida? Sinceramente, creo que es una excepción.

Desde luego, todos nosotros conocemos personas que han durado con su pareja “toda la vida”, desde la adolescencia hasta la senectud. Pero si les preguntáramos a todas esas parejas si, durante ese tiempo han sentido amor hacia el otro, igual nos asombramos. Muchos nos dirían que el respeto ha abundado o el cariño o, incluso, la costumbre… pero el amor con mayúsculas, igual solo fue durante un tiempo.

Y esto no nos tiene que extrañar, ya que las personas maduramos, vamos pasando por distintas fases, conocemos experiencias nuevas y aprendemos. Y del amor se aprende. No es lo mismo la ingenuidad de las primeras relaciones a las elecciones en las últimas. No es lo mismo aprender a amar que reconocer el amor. Y nosotros debemos tener un amor en nuestra vida que nos acompañe, nos comprenda, nos apoye y nos realice y, si vamos pasando por distintas etapas, ¿no es lo lógico que nuestra forma de amar también cambie?

 

Si te ha gustado ¡Compártelo en tus redes!